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#07 Cronistas de la Edad “Mi vejez parecía tan lejos y hoy es una realidad”

17 de Noviembre 2023

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Estaba sentado al lado de la cama de mi abuela quién cumplió noventa y ocho años. La escuché a viva voz diciendo: 

--- ¡Aleluya! ¡Aleluya!

--- ¡Bendito sea el perfume de las flores de este jardín!

--- ¡Todas ellas me mantienen jovial a pesar de mi piel arrugada como una hoja de invierno eterna!

Ella, me eleva la autoestima, más de una vez, diciendo que yo soy joven con sesenta y cuatro años. Y empezamos sin darnos cuenta a deshojar de su memoria la historia del ser humano que poco a poco envejece, pero con dignidad y no porque la sociedad sienta lástima por la suerte que corren hoy abuelos y abuelas, sino porque piensan que muchos de ellos son inútiles; un estorbo para el Estado y para una “cultura del conocimiento” que pierde humanidad día tras día. E incluso, una sociedad neoliberal que los olvida, porque ya no son “productivos”. 

Y empezamos a reflexionar como cauce natural de un río claro, ideas, recuerdos y nostalgias que despeinaban las nubes blancas de su cabellera. Y nos dijimos uno al otro:

¿Qué significa ser viejo en tiempos del siglo XXI? Estar en la palestra de los medios de comunicación como si nunca hubiésemos existido. Ahora, los “viejos” somos importantes, no sólo por superar el virus que aún nos acecha sin miramientos, sino por la publicidad de los medios de comunicación donde anuncian que en los próximos años las estadísticas del envejecimiento de la población aumentarán considerablemente. 

Más tarde o más temprano seremos partícipes de la experiencia de ser “ancianos”. No sólo seremos vulnerables corporalmente, sino que además nos encerrarán en una casa de reposo o en un “asilo” para esperar la muerte en los mejores años de “júbilo”. Y lastimosamente tomados de manos extrañas o de médicos que viven de nuestros dolores, enfermedades y demencias. Es patético que los viejos estemos solos, mirando los recuerdos con la añoranza de una niñez que no vuelve más. El tiempo se acaba muy rápido para recrear la felicidad íntima de la noche a la mañana. 

El tiempo nos ha quitado en silencio momentos de alegría, horas de trabajo motivadoras, horas de siesta, poemas sin escribir, expresiones de amor, mil horas en la consulta médica; en fin, nos hemos dado cuenta de que tomamos buenas y malas decisiones en nuestro proyecto de vida. Y lo más ingrato: no podemos retroceder alegrías imperecederas con un gesto mágico. Lamentamos que jamás vuelva ese instante feliz o amargo en una fracción de segundo y que cambie hoy la historia de nuestras limitaciones humanas. 

Ahora pensamos que sólo Dios no tiene edad. La edad es más que un calendario. La edad se nota en nuestro andar por la cornisa de la pérdida de sentidos. Es la respuesta de la naturaleza biológica. Ella sin fastidiarnos nos limita como esporas de recuerdos en medio de un desierto de fotografías del siglo pasado. No se puede detener el tiempo que se refleja en esas máscaras de surcos de experiencia no valorada que reflejan nuestros ojos, empañados de visiones futuras. 

Pero, el ser “viejo” también en esta época del mundo virtual, nos trae aires nuevos de positivismo, de esperanza que aromatiza a los ciudadanos anónimos que saben que podemos ser nuevamente “jóvenes”. Nuestra alma, nuestro espíritu sigue siendo el motor de nuestro pensamiento. Se olvidan muchos de ellos que mi “yo interior” no tiene edad. La cáscara corpórea se desvanece, se agrieta; ralentiza el movimiento; detiene la lozanía de la piel y destreza firme de enhebrar una aguja. El alma, la energía interior, la espiritualidad no está perdida en el naufragio de males y epidemias de poder que aquejan al mundo subyugado por el avance tecnológico, pero con una acentuada pérdida de valores humanos.

Hoy, los “viejos” tenemos capacidades ocultas que, por humildad y candidez de niño o niña, no nos imponemos con soberbia o celo competitivo a esta generación desafiante y con la huella de la cultura del “deshecho” en sus mochilas. Mientras tanto, las personas mayores poseemos virtudes y tradiciones que no ven nuestras familias y que son incapaces de sostener ni demostrar con nobleza ni agradecimiento.  Se olvidan que les heredamos la experiencia inédita de la historia del país; el legado insospechado de aprender nuevos conocimientos y que con osadía, aun cuando el mouse no se patentó en nuestro ADN, escribimos en un teclado miles de anécdotas o sucesos que la memoria colectiva desconoce; sumado al “poder” de bailar no solo un vals de Strauss, sino que también de mover con fuerza mental y resiliente nuestros pies en una pista de mil colores; el “poder” inaudito de sobreponernos a los dolores de huesos o de una enfermedad degenerativa; porque lo hemos dado todo, hasta el último respiro; en especial, el día en que nos despidan con lágrimas que no veremos y que sólo, humedecen la conciencia de adelantarnos a los futuros “viejos” que no aceptan que la vida tiene un principio y un fin inevitable. 

Hoy los abuelos y abuelas latinoamericanos, estamos en desventaja con aquellos “viejos” que viven en el Oriente. Países como Japón e incluso, los musulmanes, tienen un respeto y una veneración especial por las personas “viejas”. Ellos son autoridad en todos los eventos. El amor hacia ellos supera todo egoísmo, toda barrera de trabas médicas, sociales y de recreación. Ellos sí que tienen “poderes”, pues su cultura los reconoce como un bastión importante para cualquier sociedad que tiene su propia historia, porque gracias a los “viejos”, transmitimos nuestros genes a los hijos y nietos. Pues el día de mañana saldrán a expresar el amor incondicional que depara la vida. Más bien en un futuro cercano y a regañadientes, deben aceptar que el envejecimiento no es una amenaza invisible o que impida ser feliz en una sociedad cada vez menos humana. 

Sobre el autor: Enrique Muñoz Vega (64 años), es un docente con 40 años de experiencia en educación pública y escuelas vulnerables en Chile. Poeta y escritor con más de veinte publicaciones. Posee siete títulos universitarios en educación y áreas relacionadas, incluyendo magíster y diplomados.